Un camino que comienza en silencio: juntos hacia la Cuaresma
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Hay momentos en el año que llegan sin hacer ruido, pero que tienen la fuerza de detenernos por dentro.
Momentos que no se anuncian con grandes luces ni celebraciones, sino con un llamado suave, casi íntimo, que nos invita a mirar hacia adentro. El próximo miércoles 18 de febrero de 2026, nuestra comunidad escolar vivirá uno de esos momentos: el inicio de la Cuaresma con la celebración de la imposición de la ceniza.
Quizá, para algunos alumnos, será simplemente una ceremonia más dentro del calendario escolar. Para otros, será una tradición que han vivido desde pequeños. Y para muchas familias, representará una oportunidad para detener el ritmo cotidiano y recordar aquello que realmente importa. Pero, más allá de las distintas maneras en que cada quien lo vive, la Cuaresma comienza siempre con la misma invitación: hacer una pausa y volver al corazón.
Vivimos en un mundo que nos empuja constantemente hacia adelante. Las tareas, los horarios, las actividades, la tecnología y las responsabilidades llenan nuestros días. Corremos de un lado a otro intentando cumplir con todo, muchas veces sin detenernos a preguntarnos cómo estamos por dentro. Y precisamente ahí es donde la Cuaresma cobra sentido: nos ofrece cuarenta días para mirar nuestra vida con más atención, para escuchar lo que a veces el ruido cotidiano no nos deja escuchar.
La ceniza que recibimos al iniciar este camino es un símbolo sencillo, pero poderoso. No habla de tristeza ni de culpa; habla de humildad. Nos recuerda que somos humanos, que podemos equivocarnos y que siempre tenemos la posibilidad de comenzar otra vez. Es un gesto pequeño que, sin embargo, abre una pregunta profunda: ¿Qué quiero transformar en mi vida?
En el contexto escolar, esta pregunta adquiere un significado especial. La escuela es mucho más que un lugar donde aprendemos matemáticas, ciencias o idiomas. Es un espacio donde descubrimos quiénes somos, cómo convivir con otros y cómo construir nuestra propia manera de estar en el mundo. Por eso, la Cuaresma no se vive solo en una ceremonia, sino en cada pasillo, en cada salón de clases, en cada encuentro entre compañeros, maestros y familias.
Imaginemos por un momento a un alumno que decide ser más paciente con un compañero.
A una niña que se anima a pedir perdón después de una discusión.
A un maestro que, en medio del cansancio, elige escuchar con más atención.
A una familia que decide cenar sin teléfonos para conversar realmente.
Esos pequeños gestos, casi invisibles, son los que dan verdadero sentido a este tiempo.
Porque la Cuaresma no se trata solo de dejar algo atrás; se trata sobre todo de elegir algo mejor. Elegir más empatía en lugar de indiferencia. Más escucha en lugar de prisa. Más gratitud en lugar de queja. Son decisiones pequeñas, sí, pero repetidas día a día tienen la capacidad de transformar no solo a una persona, sino a toda una comunidad.
Para nuestros alumnos, este tiempo puede convertirse en una experiencia formativa profunda. Aprender que crecer no significa ser perfecto, sino reconocer errores y atreverse a cambiar, es una lección que vale para toda la vida. Como adultos, muchas veces queremos dar respuestas rápidas, pero la Cuaresma nos recuerda que el verdadero crecimiento ocurre en el proceso, en la reflexión y en las decisiones conscientes que se construyen paso a paso.
Las familias, por su parte, son el corazón que sostiene este camino. En casa se aprenden las primeras formas de amar, de servir y de perdonar. Por eso, este tiempo puede ser una invitación a crear espacios sencillos pero significativos: una conversación tranquila al final del día, un gesto solidario hacia alguien que lo necesita, una oración compartida o simplemente el acto de escucharse con más atención. No se trata de hacer grandes cambios, sino de vivir con más intención lo cotidiano.
También quienes formamos parte del colegiado y del personal educativo estamos llamados a vivir esta experiencia desde la coherencia. A veces olvidamos que educar no es solo enseñar contenidos, sino acompañar procesos humanos. Cada palabra que ofrecemos, cada mirada de apoyo, cada acto de paciencia deja huella en quienes confían en nosotros para crecer. La Cuaresma nos invita a renovar esa vocación con esperanza y sentido.
Durante las próximas semanas caminaremos juntos hacia la Pascua, pero más allá de la dimensión religiosa, este recorrido puede entenderse como una oportunidad colectiva para convertirnos en una comunidad más humana. No se trata de cambiarlo todo de un día para otro. Se trata de avanzar con honestidad, aceptando nuestras limitaciones y celebrando cada pequeño paso hacia una mejor versión de nosotros mismos.
Tal vez, cuando llegue el final de este camino, no podamos medir grandes logros visibles. Quizá no haya premios ni reconocimientos externos. Pero sí podremos notar algo más importante: un ambiente más amable, relaciones más sinceras y corazones más abiertos. Y eso, en una comunidad escolar, vale mucho más que cualquier resultado inmediato.
El miércoles 18 de febrero será solo el comienzo. Un día marcado por un signo sencillo en la frente, pero también por una decisión interior que cada uno hará a su manera. Prepararnos para ese momento significa abrir un espacio dentro de nosotros, disponernos a escuchar, a reflexionar y a caminar juntos.
Que esta Cuaresma sea un tiempo para volver a lo esencial. Para recordar que el crecimiento verdadero empieza en silencio, en pequeñas decisiones diarias que nadie ve, pero que construyen quienes somos. Que nuestros alumnos descubran el valor de mirar hacia adentro, que las familias encuentren momentos de unión y que toda nuestra comunidad escolar avance con la certeza de que siempre es posible comenzar de nuevo.
Porque al final, la Cuaresma no es solo un tiempo del calendario. Es un camino compartido. Y este año, lo iniciaremos juntos.










